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martes, 8 de mayo de 2012

EDUARDO LICEAGA

EDUARDO LICEAGA MACIEL

Matador de novillos. 
Nació en México, D. F. el 20 de noviembre de 1922. 
Hermano de los matadores David y Mauro, se inició como sobresaliente del primero. 
Debutó en la plaza de toros El Toreo el 6 de agosto de 1944. Alternó con Tacho Campos y Nacho Pérez con novillos de Rancho Seco. 
A la semana siguiente consiguió su primer éxito en dicho coso. 
Al final de esa temporada -5 de noviembre- participó en la corrida de triunfadores junto con Jesús Guerra "Guerrita", Jesús González "El Indio", Rafael Osorno, Tacho Campos y Raúl Iglesias con novillos de Santín, cortándole el rabo al novillo "Cortesano" y llevándose el "Estoque de Plata".
El 12 de diciembre se encerró con 6 novillos de Atlanga. 
Hizo dos campañas en España, 1945 y 1946. 
Se presentó cortando una oreja en la plaza de toros Las Ventas de Madrid el 26 de agosto de 1945. Alternó con Rafael Llorente y Luis Álvarez "Andaluz Chico" con novillos de Garro y Díaz Guerra. 
Toreando en San Roque, Cádiz, el 18 de agosto de este último año, el novillo "Jaranero" de la ganadería de Concha y Sierra, lo cogió de tal gravedad, que falleció esa misma noche. Alternaba esa tarde con Julio Pérez "El Vito" y Antonio Chaves Flores.

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La tragedia de San Roque. 
Paco Verdades. 
La Lidia de México. No. 322, 18 de agosto de 1950.

El 18 de agosto de 1946 en San Roque, España se consumó la tragedia que cortó la existencia de Eduardo Liceaga, aquel noble y joven novillero que hizo concebir tantas y tan grandes esperanzas en los públicos de México y España. El que lo vio estaba plenamente conforme que en él había, sin la menor discusión, un torero completo. Por lo tanto, fama, gloria, sitio y riqueza se le vaticinaban con toda seguridad Y el México torero ya se sentía ufano de tener en sus filas a una figura como el malogrado Eduardo, que en dos años había conseguido escalar hasta el último peldaño de la novillería.
Pero nadie, ni el más fatalista, púsose a pensar que el destino y la muerte acostumbran sorprender y victimar a los más nobles y valientes. Nadie pensó que el infortunio podría cortar la carrera y la existencia misma del triunfador novillero.
Y ya se vio, la gloria quedó trocada por lágrimas y lamentos; la fama se ha convertido en dolorosa leyenda; y la riqueza de este mundo no fue para Liceaga, el que -pensamiento conformador de los mortales- en cambio ha logrado la paz eterna. Triste, fue el sino de este chaval
Cuando en 1944 hizo su presentación ante el público asistente a las novilladas de “El Toreo" de la Condesa logró convencer por sus depuradas cualidades toreras. Aquella temporada constituyó resonante éxito para su capote de vuelos artísticos y su muleta que todo lo tenía de maestro y toreo. Epilogό la temporada ganándose en buena lid la "Oreja de Plata" puesta en disputa entre siete novilleros. La faena de Liceaga había sido la mejor y mereció las palmas y el galardón.
En el año siguiente continuó Eduardo cosechando cartel y triunfos, tanto en la Capital como en los ruedos de los Estados. Poco a poco, pero firmemente iba cuajando la figura prevista, el torero de grandes proporciones que se había vaticinado.
Pero no obstante el ascenso, Eduardo Liceaga conservaba integras su modestia y tristeza. En su semblante -todavía de niño-continuamente estaban impresos esos rasgos, que quizá eran los anunciadores de la tragedia que nadie fue capaz de prever.
Decidió Eduardo emprender el viaje a la Madre Patria y allá logró otra cadena de éxitos que le valieron desde luego un sitio de privilegio. Y así llegó la fecha fatal. Estaba en la arena "Rondeño", de Concha y Sierra, bastó un instante de descuido para que la fiera sacrificara al lidiador. La cogida fue mortal de necesidad, la hemorragia y el “shock" se calificaron como gravísimos y no hubo poder humano capaz de vencerlos. Inutilmente lucharon los médicos por arrebatarle al destino la vida del infortunado torero.
En el propio San Roque y en Algeciras -lugar al que fue trasladado por tener un Hospital propicio para la ejecución de intervenciones quirúrgicas- Liceaga fue atendido tenazmente. Se dijo que había habido descuido y hasta retraso en las curaciones, pero la verdad es que Eduardo al caer en la arena de San Roque, ya había perdido la vida. Así lo quería su fatal destino. Quizá por ello siempre llevó en su rostro las huellas de la tristeza y la melancolía. 
Quizá fue el único que presintió que su existencia no pasaría de aquel fatídico día.
Y cuatro años después las aficiones de México y España vuelven a llorar la irreparable pérdida del malogrado torero, al que demasiado pronto le tocó iniciar el viaje eterno. Todavía era un niño.
Su recuerdo será imperecedero. Ya forma una leyenda. Descanse en paz.

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