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sábado, 12 de julio de 2014

MANUEL VAZQUEZ "CHATIN"

Matador de novillos y banderillero nacido en Puebla. Falleció por cornada propinada por un astado de la ganadería de Tenetates, en la plaza de toros de Zumpango, Estado de México. "El Chato" se encontraba en el tendido y solicitó su intervención en el festejo. En esa novillada llevada a cabo el 12 de diciembre de 1920, alternaban Dionisio Martín "Jardinero" y Jaime Rodríguez "Zamacona".

"Delgado como una hebra; moreno, zancón. Con dos ojitos bailadores y oblicuos. Es el último banderillero que ha dado Puebla y el que como torero llegó a apuntar más alto. Era un torerito fino de mucha inventiva. Antes que el Bomba y el Gallo, ya Manuel Vázquez había hecho con los toros el pase afarolado. De salón era uno de los toreros más elegantes y muchas de las suertes que hacía delante del espejo, las consumaba con los toros.
Después llegó a figurar como novillero y se esperaba mucho de él. Pero... se enamoró de unos ojazos azules que le quitaron la afición. Esos ojazos no se fijaban en él y comenzó a tomar para olvidarlos. 
Una tarde, la del 12 de diciembre de 1920, presenciaba Manuel en Zumpango de la Laguna, una fiesta de toros. El gusano de la afición lo empujó al ruedo y sucedió lo inevitable; recibió una "cornada" que le rompió la femoral matándolo inmediatamente. Ya él lo había dicho: debía morir en las astas de un toro".
 El Universal Taurino del 16 de marzo de 1925.

LOS QUE NO LLEGARON

MANUEL VAZQUEZ “CHATIN”
Por Puyazos.

Se había lanzado en mitad del Arroyo; el alcohol era en los últimos tiempos de su vida, uno de sus mayores placeres,quizá el único. No viviría ya sino para el vino, que era mayor de sus anhelos y la más grande de sus aspiraciones.
Desde que perdió la esperanza que encarnaba su amor, se plantó en las cuatro esquinas del vicio.
Era un muchacho alto, delgado, moreno, flexible; tenía un gran corazón y era una valiente.
La muerte tenía para él reflejos de oro, que él traducía en destellos de Gloria, pues gustaba de ofrendar su valor y su arte, en holocausto de las locas muchedumbres.
El arte bullía en Manuel Vázquez “Chatín”. Aquel muchacho parecía tener dentro un pájaro azul…
Un torero fino, “largo” y elegante, un torero alegre que habría llegado al pináculo de la gloria, a no haberse interpuesto entre él y su estrella, una mujer, una mujer rubia, de ojos grandes y azules… ¡Pobre Manuel!...
No quiero recordarlo. La visión de su toreo me crispa los nervios, me anonada, me fascina. Cuando recuerdo cómo toreaba ese muchacho, parece que veo torear a Manuel Jiménez, pero con más valor.
Muchos aficionados lo conocieron, pero los más ignoran quién fue Manuel Vázquez “Chatín”, porque no tuvo oportunidad de venir a torear nunca a México.
El testimonio de los pocos es bastante. Ellos mejor que yo, saben de cuánto era capaz el infortunado torero, que al fin, fue asesinado por un toro, en la capea de un pueblo rabón.
Eso me desespera, porque si hubiese muerto aureolado por la gloria, a la que tenía derecho porque era hijo suyo; con su muerte se habría ceñido la codiciada corona de laurel.
Manuel Vázquez habría llegado a subir alto, muy alto, hasta la Montaña del Triunfo. Pero la parca lo sorprendió en su nido de ilusiones, lo arrebató de las cuatro del vicio, y lo llevó lejos, muy lejos; al país desconocido y misterioso… al país de la muerte.

COMO MURIO MANUEL VAZQUEZ

Se había organizado en Zumpango de La Laguna, una corrida de toros. Era el doce de diciembre de 1921. 
En la plaza: gritos, sonar de aplausos, música y alegría. Sol quemante y emoción palpitante en todos los pechos. Congojas simuladas en los rostros de las hembras; gestos insolentes y duros en los semblantes bronceados de los hombres, que querían sangre, sí, mucha sangre, para quedar satisfechos de la fiesta. Se diría, la ferocidad ante la fiereza, el choque de la necedad y del valor, la lucha de la muerte de la vida; la gloria, frente, a un paso del precipicio del peligro… Todo esto, en el revuelo de las capas de los lidiadores.
El primer toro de la tarde pasó sin novedad. Salió el segundo, un berrendo, recogido de pitones, ligero de patas, burriciego y por añadidura toreado. Un toro de procedencia ignorada.
Del tendido se descolgó un hombre, un espectador…
¡La muerte reía imaginándose el festín! ¡La tragedia se agitaba con desesperación…! Aquel hombre plegó un capote a su brazo, se paró firmemente en la arena; la bestia le acometió y el torero –que era un torero el intruso- recortó soberbiamente capote al brazo hasta dos veces.
La muchedumbre rugió entusiasmada, cayeron al ruedo muchos sombreros y sonó la música.
Pero a poco, se contuvo la respiración en todos los pechos, La bestia se había revuelto en un palmo de terreno. El torero no había podido o no había querido huir, y fue enganchado por la pierna izquierda, recibiendo mortal herida que le destrozó la arteria femoral, vaciándolo horriblemente.

X X X

Era el desenlace. La muerte había hecho su presa. Todo había concluido para aquel valiente, que después de “corneado”, en un supremo instante de vergüenza torera, se arrodilló frente al toro que se había empurpurado los cuernos con su sangre.
Y cuando lo llevaron al burladero próximo, se desplomó cerrando los ojos para siempre.
En el burladero quedó un gran manchón de sangre, cual manto purpurino de la temeridad de Manuel Vázquez “Chatín”.

X X X

Manuel comenzó a torear allá por el año 1906. Era originario de Puebla y pertenecía a una familia acomodada de la levítica ciudad de los cien campanarios y las calles rectilíneas.
Primero que Rafael Gómez “El Gallo” y primero que “Bombita”, practicó con los toros el pase afarolado. Primero que Manuel Jiménez, toreó en muchas ocasiones como torea éste. Con las banderillas era algo serio; levantaba los brazos y cuadraba gallardamente en la propia cabeza; con las banderillas cortas al cuarteo, sólo he conocido a uno tan ágil como él para ponerlas, o sea José Cantoral.
Cuando Manuel se ponía de rodillas para cambiar, ya tenía el público que aplaudirle tres o cuatro cambios, y cuando le daba por no moverse de un sitio al torear a la verónica, Manuel era cosa más seria todavía.
Desgraciadamente, antes de venir a México, y habiendo toreado sólo en la plaza de Puebla con éxito, clamoroso, y en algunas otras de ese Estado y el de Veracruz, Cupido logró aprisionarlo, para abandonarlo más tarde en brazos de una decepción horrorosa, que lo dejó en las cuatro esquinas del vicio, al que se aferró su vida.
Parece que la tarde trágica había tomado alcohol, mucho alcohol y que en gran parte a eso se debió la desgracia…
De todas maneras, rindamos un tributo de admiración y de cariño al que pudo llegar a ser un gran torero mexicano.
Toros y Deportes del 11 de agosto de 1925.

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