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sábado, 25 de marzo de 2017

LAURO GONZALEZ

Lauro González Legorreta alcanzó a alternar picando toros con los entonces célebres jinetes Salomé, Guillermo y Cándido Reyes, Juan Salceda “El Diablo”, José María Mota “Padre”, Vicente Villa, Federico “El Francés”, Piedad García, Arcadio Reyes y otros que sería largo enumerar.
Lo vi por primera vez actuando como picador durante la temporada de 1905 a 1906 en la desaparecida plaza “México”, propiedad que fue de Ramón López; en esa época también picaba Arcadio Reyes, el mejor picador de aquel entonces.
Y Lauro González, sin llegar a la superioridad de Reyes, siempre desempeñó su cometido a satisfacción y nunca hizo mal papel al lado de célebres varilargueros españoles que entonces fueron maestros fuertes, valientes y buenos caballistas, que nos visitaron formando parte de las cuadrillas de los magníficos toreros de las temporadas en la mencionada plaza.
Al picador González, buen hombre, comedido y sincero, lo traté más en lo personal cuando lo encontré en Santa Rosa Necostla, Estado de Veracruz el 16 de septiembre de 1907, cuando al lado del matador pachuqueño Sabino Cázares había arribado a lidiar en una plaza provisional de dicha poblacioncita toros de Nopalapan, poderosos y de inmejorable estampa, durante cinco corridas que organizaron para las fiestas patrias y feria de esa villa don Luis Ariza, don Arturo Medrano y don Eduardo Amador Saldaña, aficionados entusiastas y llenos de amor a la fiesta taurina.
El 2 de noviembre de ese mismo año volví a encontrarlo en Tlaxcala, cuando iba a picar toros de Piedras Negras, formando parte de las cuadrillas de Cázares y Antonio Ortega “Marinero”, de Huamantla, Tlax.
Hombre fuerte, alto, grueso y buen jinete exceptuando de cuando principió, que usó el traje de charro de cartabón en aquel entonces, casi toda su vida usó la indumentaria española y cuando vestía este traja era una buena figura de torero a caballo, y fue ya en lo práctico un picador habilidoso de castigo y cuidadoso del “rocín” que montaba y no fue un mata jamelgos como la generalidad de los que hoy se precian de magníficos.
Fue un picador de los que gustaron de entrar con su caballo de frente y recto, sobre el toro, hacer doblar al noble brto el cuello al reunirse y principiar el cuarteo con él, haciéndole presentar el sitio de la cincha, y concluir cuartéandolo y pasando en la rectitud de las costillas del enemigo cuando no se pudo despedir a éste por exceso de poder por delante.
Criado en tierra de toros de lidia y de la cual habían salido los matadores mexicanos José María y Felipe Hernández y Ponciano Díaz y los picadores Salomé Guillermo y Cándido Reyes y Juan Salceda “El Diablo”, quiso seguir la tradición de aquellos lugares porque su afición y su hombría a ello lo inclinaban y desde muy muchacho en los campos de Atenco, a donde se deslizó su niñez, empezó a torear, temerariamente, a pie o a caballo, según se presentaba la ocasión.
Y aunque su padre lo internó en un banco herrador en Toluca, para que aprendiera tal oficio que más tarde sería su sostén y defensa, después de aprenderlo y guardarlo para mejor ocasión, se dedicó de lleno a la profesión de picador de toros, cosa que empezó a desempeñar bien y sin gran trabajo por haber practicado esto, como decimos antes, en campos atenqueños, cuando a ello lo invitaron los primeros matadores a cuyas órdenes fue y de los cuales el iniciador fue el novillero Manuel Machío, hermano del matador de alternativa José del mismo apellido, y que había ido a la capital del Estado de México a lidiar cuatro toros de la ganadería de Atenco en compañía de una cuadrilla endeble.
Después formó parte de las cuadrillas de Antonio González “El Orizabeño”, de Ponciano Dáz, del texcoquense Valentín Zavala, de José Basauri, de don Manuel Hermosilla, de José Centeno, Antonio Escobar “El Boto”, Joaquín Navarro “Quinito” y otros de esa época.
Lauro González Legorreta nació el 17 de agosto de 1861 en la Hacienda de la “Tenería”, Jurisdicción de Tenancingo, Estado de México, cuya finca administraba su abuelo y en la cual su padre era mayordomo del campo.
Se crio en la Hacienda de Atenco, en la estancia de San Agustín, cuya finca era entonces propiedad del señor don Ignacio Cervantes y a la cual entró a administrar el padre de Lauro.
Esta posesión y ganadería de toros bravos pasó del poder de dicho señor Cervantes al del señor don Rafael Barbabosa, padre de los actuales propietarios, tiempo después.
Fue el padre de Lauro el señor don Jesús González, originario de Toluca, Estado de México, y su mamá la señora doña María Legorreta, de Tenancingo México.
Se bautizó nuestro biografiado en Tenancingo en 18 de agosto de 1862. Y fue a una escuela particular en dicha población, en la cual cursó las primeras letras y aprendió a leer hasta casi concluir la instrucción primaria.
La afición fue nata en él desde muy niño y ya antes de los doce años empezó a torear en los campos a pie o a caballo hasta los dieciséis años de edad, en que su padre lo llevó a Toluca y lo internó en un taller para hacerlo aprender el oficio de herrador, pero después de aprender éste y alos veinte años, abrazó definitivamente la profesión de picar toros y se presentó en Toluca con Manuel Machío lidiando toros de Atenco.
Más tarde ingresó con Antonio González “El Orizabeño”, con el cual fue a Ocampo, Estado de Michoacán, con Ponciano Díaz, a cuyas órdenes fue a Celaya, después con Zocato, Camaleño, Manuel Hermosilla, Antonio Escobar “El Boto”, “Quinito”, Centeno, Caro Chico, Caro Grande, José Marrero “Cheché”; José Basauri, Timoteo Rodríguez, Silverio Chico, Antonio Fuentes, Vicente Segura, Antonio Montes, Fermín Muñoz “Corchaíto”, Sabino Cázares y otros que sería largo enumerar a las distintas plazas de toda la república.
En 1911 arribó a Teziutlán, Puebla, para torear en compañía de “Templaíto de Sevilla” dos corridas de toros de Nopalapan, pero como los trenes se cortaron y las comunicaciones se interrumpieron para dicho población, los toros fueron echados al campo para su mantenimiento y entonces Lauro, al verse carente de recursos, tuvo que recurrir a su antiguo y primitivo oficio y abrió un banco de herrar con magnífico provecho, pues a poco tiempo se había abierto magnífico crédito como hombre trabajador y honrado.
Después de esto, ha vuelto a picar y siempre se ha mostrado valiente y decidido.
Ha sufrido lesiones de importancia por golpes recibidos picando a un toro de Tepeyahualco en Puebla; este animal levantó al caballo en vilo, lo azotó furiosamente, quedando desmayado Lauro por efectos de una conmoción cerebral y cuando lo auscultaron en la enfermería le descubrieron la quinta y sexta costillas del lado derecho rotas, lesionadas y distendidas de los ligamentos la séptima y octava del izquierdo y lesionado extraordinariamente el esternón; este daño le ocasionó un retiro de más de tres meses, después de lo cual volvió con más bríos a su profesión.
Otra tarde un toro de Piedras Negras en la misma plaza al ocasionarle un golpe con caballo y todo le produjo la rotura del antebrazo izquierdo junto a la unión de la mano, lesión que también lo tuvo retirado por más de un mes de las lides taurinas.
Por Paco Froyo. Toros y Deportes del 31 de agosto de 1926.

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