Matador de novillos.
El 7 de septiembre de 1958 toreó una novillada sin picadores en la Plaza de toros México. Alternó con las señoritas toreras Teresita Andaluz y Patricia Hayes y los novilleros León Briones y Félix de los Santos con ganado de Vista Hermosa.
En una entrevista para la revista El Ruedo de México en Mayo de 1952, declaró que nació en Atenco y que era descendiente del original Ponciano, pues su madre y el torero con bigotes eran primos.
¡EN MÉXICO HAY UN TORERO INDÍGENA PURO!
SE LLAMA PONCIANO DÍAZ, Y DESCIENDE DEL GRAN TORERO DE ATENCO.
Un amigo que conoce la curiosidad que yo siento por estos temas, me trajo a casa unas fotos. Y estaba yo examinándolas cuidadosamente, cuando me interrogó:
-¿Qué opinas de ellas? Están muy oscuras, pero yo creo que algo se ve…
-Si. En la de la placita de Atenco se nota el garbo del torero y se ve que lleva toreada a la vaca. En las otras, como no está toreando, sólo puede apreciarse que se trata de un muchacho espigado, muy moreno, casi negro, que debe haber triunfado puesto que está dando la vuelta al ruedo.
-Cierto que es eso todo lo que se puede ver en las fotos. Pero… voy a traerte a ese torero a que hables con él. Te aseguro que muchas de las cosas que te diga ha de sorprenderte…
Y en efecto. A los pocos días se presentó mi amigo en casa con el torerillo. Vestía de oscuro –con lo que resaltaba más lo moreno de la piel-, y tenía esa educación instintiva e innata que se aprecia en la gente del campo.
Como me habían anunciado que el muchacho tenía cosas de interés que decirme, comencé a interrogarlo:
-¿De dónde eres, muchacho?
-De Atenco. Nací y me crié dentro de la hacienda de Don Manuel Barbabosa.
-¿Cómo fue ello?
-Porque mi padre, Julio Pichardo, era caporal de la casa. Caporal, y tentador, y carrocero… ¡Todo lo que venía al caso ser!
-¿Cómo te llamas?
-Ponciano Díaz…
-¡Ponciano Díaz…! ¡A ver! ¡Explícate!
-Mi madre, Merced Díaz era prima de Ponciano. Y a mi me pusieron ese nombre, como homenaje y recuerdo al gran torero y al hombre cabal que fue mi ascendiente…
-¡Hombre…! Cuéntame lo que sepas de Ponciano!
-Sé de él lo que todos los vecinos de aquel contorno. Porque cuando los hombres se reúnen en los días malos alrededor del fuego, hablan de las cosas viejas, y se recuerdan hazañas de Ponciano, y los niños las oímos…
-Tú, ¿qué es lo más antiguo que llegaste a presenciar en Atenco?
-Vi tentar a Don Gumaro Resillas, y luego al que lo sucedía a su muerte que fue don Santos [Esquivel]. Viéndolos a ellos y practicando más tarde aprendí yo a picar.
-¿Pero, eres picador?
-No señor. Es que todo lo que sea toreo me gusta y todo creo yo que hay que saber hacerlo si se quiere uno meter bien en el oficio. Por eso yo, desde picar, hasta dar la puntilla, lo hago todo: Torear con el capote, banderillear, torear con la muleta, matar, descabellar, dar la puntilla, picar… Y sé herrar a una vaca y mancornearla y lazarla para hacerle una cura o para arreglar los pitones…
-¿Cómo aprendiste todo eso?
-Primero viéndolo hacer. Después, haciéndolo yo. Mi padre tenía una yegua, “La Tordilla” que era de muy buena andadura y de mucha sangre. En ella aprendí a montar a caballo yendo con él a llevarles el pienso a los toros, y a traer la remolacha… ¡Llegué a jinetear como el primero…!
-¿Qué toreros viste?
-Todos los que iban a Atenco. Pero de los que me acuerdo mejor es de Armillita y Garza. ¡Los dos eran dos maestros…! Una vez vinieron los dos a la hacienda vestidos de corto. Llevaban unas campanillas de plata en los calzones, y yo recuerdo que me gustaba tocarlos… me dieron unas golosinas que allí retirados en el campo son una delicia para los chamacos. Pero yo me interesaba más por las cosas que se hacían allí que por las golosinas. Si me recuerdo de ellas es porque aquel de mi padre derribó unas vacas, y vi que les sacaba la lengua y les metía en la boca unas pastillitas moradas parecidas a las golosinas. ¡Debían ser para curarles algo…
Es pintoresca, llena de interés y de sabor mexicano y torero, la charla de este muchacho, espigado, humilde, de expresión fácil, pero de actuar tímido… Le noto algo extraño en la cabeza, y se lo digo:
-Sí señor… Es que uso coleta, y me hace bulto en el pelo.
Se vuelve, y en efecto, lleva una trenza larga y gruesa, al estilo clásico, que intenta disimular con el peinado que usa.
-¿Para qué quieres la coleta…? ¡Ya nadie lleva eso…!
-Yo tengo mucha ilusión en conservarla, porque me parece que con ella soy más torero… Ponciano la tenía. Y yo, cuando toreo me pongo mejor la castañeta atada a mi propio pelo, ¡sabe usted…?
-¿Tu padre vive…?
-Sí señor. Y mi madre. Por la afición tan grande que yo tengo, y por darles alguna comodidad, es por lo que tengo tantas ganas de triunfar con el toro. Ya no viven en Atenco. Están aquí en México. Y son muy pobres… Antes, habíamos sabido en casa lo que era la escasez. Ahora… ya hemos aprendido lo que es el hambre…
-¿Quién gana el dinero en tu casa?
-Mi padre, es aquí lo mismo que en Atenco: Carrocero. Pero muy poco y ya es viejo. Yo… ¡fíjese usted que para poder llevar algún dinero a casa hasta he subido al ring, y he boxeado…!
-¿Pero sabes boxear…!
-No señor. Me defiendo como puedo y ataco con furia. ¡Eso es todo! He ganado bastantes combates por K. O. ¡Y me los han ganado…! El Profesor José Cruz quería que yo fuera profesional pues les tengo odio a los guantes porque eso me aleja del toro. Y esa sí que es mi afición. ¡El toro…!
-¿Desde cuándo?
-Desde muy chamaco. En Atenco teníamos escuela y catecismo. Pero yo me escapaba, y me pasaba las horas muertas junto a los potreros, mirando a los toros sin cansarme. Mi padre me decía que Ponciano había toreado a una vaca teniendo como capote a un chamaco. Y yo pensaba:
-Si Ponciano viviera, y me tomara a mi como capote, no me iba a dar miedo. ¡Como él sabía torear…! Porque lo importante es saber torear…
-¿Has toreado mucho?
-Para mi gusto, poco. “Pachangas” en los pueblos, y alguna novillada que otra vestido de luces. Pero ha sido en pueblos donde ni fotógrafos hay. ¡Con la ilusión que le da a uno el verse retratado dando un buen lance…! Pues ni eso tenemos los que toreamos por esas plazas de por ahí…
-Yo le veo otra facultad mayor a eso de andar toreando siempre por los pueblos, con públicos que no conocen mucho, con ganado de media sangre…
-Sí señor. Pero yo creo que el toreo es una cosa de sentimiento, y que el que lo siente de una manera no puede ejecutarlo de otra. Por eso yo creo que me he librado de apueblearme y de hacerme un torero ratonero, de esos que después llegan a La México y no gustan…
-¿Has encontrado por ahí, en tus andanzas por los Estados familiares de Ponciano Díaz?
-Sí señor. En Santa Cruz de Atizapán viven los que quedan. Y en Santiago vive una tía mía que siempre que voy a verla me recuerda cosas de aquel gran torero mexicano. Y me ha dicho que en la misma casa donde nosotros vivimos en Atenco, allí nació Ponciano.
-¿Has visto muchos retratos de él, o recuerdos taurinos…?
-Muy pocos. Tengo este retrato que es de la “Charrita Mexicana”, y esa también me habla de Ponciano mucho. Pero “La Charrita” en lo que le encontraba más mérito era en sus pares de banderillas a caballo. Y yo he oído decir que lo mejor que tenía era como conocía a los toros, y la manera de entrarles a matar…
Todavía hemos dialogado un rato con este muchacho cetrino, alto, lleno de afanes y de esperanzas, que se llama Ponciano Díaz, como un recuerdo entre nostálgico y romántico de aquel torero que arrebataba a los públicos mexicanos con sus heroicidades frente a los toros.
Ha pasado por nuestra memoria el regusto de páginas leídas hace años, en las que se evocaba la figura de Ponciano, rodeada de las no menos legendarias de sus picadores Oropeza y Celso González, y los viejos Bernardo Gaviño y Lino Zamora.
Y cuando este muchacho se ha ido, hemos pensado en las posibilidades de que un novillero que ostenta este nombre, que está lleno de vigor, de afanes y de deseos de triunfo, pudiera de nuevo encender en los públicos aquel fuego de pasiones nobles, exaltadas de nacionalismos, que encendía su antecesor Ponciano, para nostalgia de los viejos aficionados y pasión y entusiasmo de las generaciones actuales.
Sobre nuestra mesa de trabajo ha quedado el viejo retrato de Ponciano que guarda como oro en paño “La Charrita Mexicana”, y que este muchacho nos ha traído, como un salvoconducto de identidad torera.
Y hay entre el bigote de aquel Ponciano Díaz y la coleta de este Ponciano de ahora, una relación, un antecedente, una como línea de genealogía taurina, que nos hace creer que una tarde, con la Plaza México llena de público, pueda establecerse una pugna de heroicidades y de hazañas entre un torero rubio y de tez blanca, y este torero prieto y de pelo negro y ensortijado.
Y en esa pugna, en esa competencia torera, acaso volviera de nuevo a oírse en los tendidos el grito aquel de ¡Ora Ponciano…! que tanto removía los entusiasmos del tendido y de tanta pasión llenaba las plazas de toros.
La idea queda lanzada aquí, para que el Doctor (Alfonso) Gaona la recoja. En Ponciano Díaz hay un torero al que nosotros no conocemos todavía, y por ello podemos enjuiciar acerca de su arte. Pero si hay alguien que pueda arrastrar de momento a la Plaza a las multitudes de sol, es el nombre gallardo de este torero, que acaso posea también la gallardía necesaria para sostener ante el toro las tradiciones familiares que le han llevado a usar ese nombre, que es un blasón en la historia taurina del México del ochocientos.
Hasta aquí con la amplia entrevista y su desenlace, sencilla culminación y que, a no dudar resultará un registro novedoso, a 67 años de aquella entrevista.
Diré, como final de esta evocación que, unos años después, el mismo personaje aparece en alguna escena del documental “¡Torero!” del que fue protagonista principal, el célebre, carismático y cambiante torero Luis Procuna.
Entrevista con Manuel García Santos en la revista El Ruedo de México. Año IX, #78. México, 15 de mayo de 1952.

hola! podrias citar la fuente de esta informacion ... gracias
ResponderEliminarLa foto es de la revista El Ruedo y la información del libro "Plaza México, historia de una cincuentona monumental".
EliminarMe dió mucho gusto ver ésta foto de mi papá. Agradezco a quienes hicieron está publicación. Julio Pichardo (Fregoso)
ResponderEliminarEl era mi tio. No sabia que tenia hijos de otro matrimonio.
EliminarSe llamaba Alejandro Pichardo. Vivio en Tijuana y en San Diego en sus ultimos años. Murio de cancer. De joven sufrio una cornada horrible que lo retiro del arte. Si no me equivoco, nunca recibio la alternative, y dejo los ruedos como novillero. Era mi tio. Esposo de Teresa Diaz, hermana de mi madre.
ResponderEliminarFeliz año nuevo compás, Alejandro Pichardo fue mi abuelo aquí en San Diego. Debes en cuando entro aver si se encuentra algo más de mi abuelo. Se unas cosas. Como el tubo parter de actor de reparto en La película “Torrero!” Con Luis Procuna. También tubo partes en otras películas pero no se los nombres de ellas. Ustedes los saben?
ResponderEliminar-Nieto de Alejando Pichardo
Mario Licon