Entrevistas.
Por Esperanza.
A veces me critican que me ocupe de los torerillos, de los innonimados, de los que son "nadie" en la fiesta. Yo he escuchado las críticas con serenidad, sin enfadarme, todavía más, sin contradecir, sin tratar de disculparme. Yo respeto la opinión ajena, cada quien puede pensar como le dé la gana y en esto "del toro" mucho más, porque no hay dos que piensen idéntico. Muchos opinan que el cronista, el crítico o el comentarista sólo deben ocuparse de las grandes figuras, porque eso da categoría. Si es así entonces yo también la tengo porque mucho me he ocupado y me ocupo de los toreros de renombre. Pero nunca olvido que un Rodolfo Gaona, un Lorenzo Garza, un Luis Procuna, alguna vez fueron torerillos oscuros, innonimados, que se les calificó de "chalaos" porque traían las ropas raídas y los zapatos rotos.
Para mí el torerillo es un símbolo de la fiesta, porque mientras haya torerillos habrá fiesta de toros. Ahí, en el siempre renovado ejército de los soñadores de la gloria, entre cientos de ilusos y equivocados, está el torero que puede ser, el que puede llegar: la futura figura del toreo, o acaso, el futuro "fenómeno". Yo sé que para los subestimados torerillos significa mucho y mucho estiman que algún personaje se digne saludarlos o dirigirles algunas palabras: que algún crogún personaje de esta nuestra fiesta brava, se digne saludarlos diga algo favorable de ellos. Y el día que ven sus nombres en letras de molde o sus retratos impresos en algún periódico, es para ellos día de fiesta. Ya se sabe algo de ellos, ya se sabe que existen; acaso aquello signifique los inicios de una carrera triunfal.
Yo no puedo negarles estas pequeñas alegrías a los humildes de la fiesta y siempre les tiendo la mano y los trato con afecto y cordialidad, sin importarme sus ropas raídas ni sus zapatos rotos. Si llegan a encumbrarse lo más seguro es que me desconozcan, pero lo veo como cosa natural porque la gloria y la riqueza marean y hacen flacas las más robustas memorias. Ms el desaire o el olvido no impiden que vuelva a tender con igual afecto mi mano al nuevo, al siempre renovado torerillo, porque el torerillo para mí puede cambiar de apariencia, pero en el fondo sigue siendo un símbolo de la fiesta.
Así, con la cordialidad de siempre, he charlado con dos novilleritos anónimos y como a todos, los he tratado de "usted" para que se sientan "importantes" dentro de su modestia, para evitarles lo incómodo y hasta lo humillante de un tuteo que los cohíbe y desconfía, porque no puede ser recíproco. Estos novilleritos son Ignacio Sánchez y Anselmo Galindo. Novatos con verdura y ternura de ejote: son muy jóvenes, casi unos adolescentes, y me han hablado con un entusiasmo muy a tono con su fresca juventud, de sus inicios toreros, de sus ilusiones, de sus proyectos´.
Doradas ilusiones que cuelgan de los encajes de nubes lejanas… ¡ilusos, soñadores! Pero, ¿qué sería de la juventud. si no soñara, si no ambicionara, si no anhelara gloria, riqueza y poder?
Y ahora vamos a charlar unos momentos con el compañero de Ignacio, Anselmo Galindo, que principia diciéndome que lo poco que sabe del toreo se lo debe a Manuel Vera, hermano de Carlos Vera "Cañitas"; que su amigo y maestro tiene fe en Ignacio y en él y que los ayuda cuanto puede y siempre procura "moverlos" cuanto es posible, porque el torero se hace toreando y no aplanando las banquetas. Que ha toreado en Pachuca, en Atzingo, en el Estado de Jalisco y en Frontera, Tabasco. Que se vistió por primera vez de torero en el mes de julio del año próximo pasado. Que se le facilita y le encanta torear con el capote...
-Es que la que da los pesos y la categoría es la muleta..
-Bueno, el que se me facilite torear con el capote, no quiere decir que descuide el mejorar y superarme con la muleta. Hay que ser buen muletero para poder triunfar. Por eso es que pongo todo mi empeño porque me "salga" el natural y el derechazo, básicos para el toreo en redondo que es el que exigen los públicos.
-¿Le gustaría torear como el torero al que más admira?
-¡Figúrese usted, el que más admiro es a "Armillita" el primer torero que vi torear en mi vida! Ya lo creo que me gustaría ser tan buen torero como él, pero no trataría de imitarlo. Cada quien debe ser como es, porque imitar en el arte taurino, o en cualquier arte, es algo así como traicionar el propio sentimiento y descubrirse como tan poca cosa que hay que recurrir a subterfugios para destacarse. Yo no puedo juzgarme a mi mismo: pero si no soy un torero con sello propio, tampoco caeré en el ridículo de copiar a otros para destacarme,
-Bien dicho, muchacho. Y ahora, dígame, ¿se arriesgaría como su compañero Ignacio a jugárselo todo en una carta?
-¿Por qué no? Mientras más pronto sepa uno si puede o no puede ser, mejor. A qué perder más tiempo. Cualquier cosa es preferible a la duda y la incertidumbre. Lo que ha de ser, para luego.
¡Y que sea lo que Dios quiera!
-Pues ojalá sea para bien, muchachos.
¡Que haya suerte!
Semanario Multitudes. 24 de agosto de 1948.




