Matador de novillos y puntillero.
Se presentó en la Plaza de toros El Toreo el 15 de julio de 1932. Alternó con Agustín García Barrera e Ignacio Gómez "Gallito de Guanajuato" con novillos de Albarrada.
Se presentó en la Plaza de toros El Toreo el 15 de julio de 1932. Alternó con Agustín García Barrera e Ignacio Gómez "Gallito de Guanajuato" con novillos de Albarrada.
ENTREVISTAS
VÍCTOR REYES
Nos place traer a esta página a un modesto de la fiesta. A VICTOR REYES el héroe de la corrida del domingo 27, cuya hazaña aún se comenta en los círculos taurinos. Las crónicas se volcaron en elogios para "el que acabó con el cuadro". En el aparador de una céntrica casa comercial se exhibe una preciosa acuarela representando el momento en que el modesto puntillero lanzaba la puntilla través del aire para clavarla con precisión maravillosa en el centro del cerviguillo del toro, en la clásica suerte de atronar "a la ballestilla". Hasta una turista ha enviado un gran ramo de flores al héroe y una perfumada tarjetita con afectuosa dedicatoria. Todavía cuando entrevistamos a VICTOR llovían sobre él las palmaditas y los "¡enhorabuenas!".
Pero no es la cosa del momento tan brillante como transitoria, lo que nos ha hecho acercarnos a VICTOR para que nos cuente sus impresiones. Su hazaña es digna de todo elogio. En un momento VICTOR retrocedió la fiesta por años, por lustros para situarla en su época de sus más recias y añejas tradiciones. Dio vida y realismo a una de aquellas célebres estampas de Goya o de Perea inmortalizando las suertes originales del toreo que cada vez fueron practicándose menos, hasta ser olvidadas e ignoradas en el correr de los años.
Con todo, no fue eso lo más importante de la hazaña de VICTOR. La apoteosis de alarde magnífico, fue -y ojalá no sea transitoriamente- la reivindicación de un elemento importantísimo de la fiesta, pero injustamente subestimado: el subalterno.
Sí, el subalterno anónimo colaborador del matador en el triunfo y sufrido cirineo en el fracaso. El subalterno para el que son todas las duras y raramente alguna madura. Viejo es el cuento: el subalterno tiene que hacerle al "avío" al matador. Para eso sale, para eso cobra. Cierto. Pero que ¿como hombre y como torero no tiene derecho a las glorias de la fiesta en la que expone su vida y a la que entrega su esfuerzo y su sacrificio?
El complejo de inferioridad del subalterno lo ha creado el egoísmo del matador y la indiferencia del público. Los matadores han inventado el cuento del "robo de las palmas", y el público se lo ha creído sin mayores reparos. Pero cuento o no cuento, no debe existir, porque nunca el subalterno le puede quitar las palmas al matador, pues la labor de uno y otro son bien distintas y bien diferentes sus categorías.
Tampoco queremos decir que el subalterno salga en plan de exhibirse y a "caracolear" como las jacas de don Alvaro, pero si que puede mejorar su importante labor desatendiéndose de ese complejo de inferioridad que lo lleva a desempeñar su cometido con mediocridad e indiferencia.
En la fiesta de toros todos aquellos elementos que la integran tienen derecho al aplauso. En el espectáculo obra un círculo de circunstancias, de imprevistos que en cualquier momento pueden constituir en héroe al más modesto de sus comparsas. Todo aquel que so expone a los peligros del espectáculo tiene derecho a gozar sus glorias. Y creemos que si al subalterno se le reconoce su importancia dentro de la fiesta, esta mejoraría en orden y calidad, toda vez que el numeroso elemento subalterno libre de complejos y temores, desempeñaría más atingentemente su labor.
Por todo lo anterior, es que decíamos que VICTOR REYES dignificó al gremio subalterno, y que
su reivindicación no sea cosa del momento sino perdurable para su bien y para el bien de la fiesta misma.
Y ahora oigamos lo que nos dice VÍCTOR:
-Pues si... la arriesgué. La arriesgué porque hay que ver que el torero no sólo se arriesga en lo que hace al peligro, sino también en cuanto hace al ridículo, que es peor para el torero que tiene estimación de sí mismo. En una fracción de segundo yo pensé en todo a lo que me exponía: a fallar, a levantar al toro, a enfadar al matador y a que el público me silbara o tomara a chufla mi intento. Así es que mi acto fue consciente y si la suerte salió bien, no fue "chiripa", aunque clara está que en las "suertes" del toreo ayuda mucho la suerte, esa cosa indefinible y que no podría explicar... bueno... es algo así como que todo se junta para favorecer un algo, una cosa, un acto ¡qué sé yo!
-Bueno, y una vez que se arriesgó…
-Procuré controlarme. Yo sabía que si me acercaba demasiado al toro, se levantaría, porque todavía no estaba muy muerto que digamos. Me equilibré bien, tomé la distancia justa y ¡ahi va eso! lancé la puntilla "a la ballestilla" y lo demás ya lo saben todos: dio en la mera "chapa" y el toro se murió...
-Como si lo hubiera tocado el rayo. Ahora explique usted en qué consiste la suerte "a la ballestilla".
-Más que cuestión de fuerza, es de precisión, de cálculo. Es como el tirador que observa el blanco y dispara. Uno mide la distancia, el lugar preciso en que debe clavarse la puntilla, afianza bien ésta, dobla el brazo sobre el codo y arroja la puntilla de arriba hacia abajo, trazando un segmento de círculo. En esto juega papel muy importante la soltura de la muñeca que debe estar adiestrada por una práctica constante. En esta y todas las suertes del toreo, la práctica es la base, lo fundamental. Ya al ejecutar la suerte, el toreo echa sabor, sentimiento o alegría según su temperamento o su manera de interpretar el toreo.
-Pues usted le echó a la suerte un sabor clásico y añejo, que pareció desparramarse por el ruedo la gloriosa polilla de las viejas tradiciones.
-¡Ah! cómo serán ustedes los periodistas... siempre con sus palabras bonitas... Bueno, yo las agradezco porque sé que no tiene por qué "dar coba" a un torero tan humilde como yo.
Para el toro no hay humildes ni poderosos. Aquel que sepa hacerle cosas", es que vale. ¡Que se acabe ese complejo absurdo, VÍCTOR! Cada quien en lo suyo puede ser muy bueno. ¿O cree usted no tener derecho al aplauso? ¿Es que su trabajo no implica responsabilidad?
Sí, desde luego que sí. ¡Ya lo creo que sí! Tan es eso, que ya ve usted: en cuanto uno falla o para un toro, la silba que se gana ¡y lo que le gritan a uno! De a feo... amén de que el matador y el apoderado y todo el mundo le echan "la burridora". En cambio hay ocasiones en que uno apuntilla bien y pronto a los toros que los matadores se han dejado casi vivos y ni quien lo tome en cuenta. Ahora que por esta vez yo no puedo quejarme: me han dado una ovación que de verdad, ya se me estaban saliendo las de San Pedro ¡qué cosa más emocionante es una ovación!
-Es que el público sabe apreciar lo bueno: comprendió lo difícil de la suerte y lo bien ejecutada que estuvo. ¿Ha verificado la suerte en otras ocasiones?
Hace muchos años la ejecuté por primera vez en la placita "Merced Gómez" de Mixcoac, en una charlotada. También en esa ocasión me la festejaron mucho, a pesar de lo informal del festejo. Después en la placita del Charro, cerca de Chapultepec, volvía a ejecutarla, ahora a toro parado.
¿No es así, más difícil o peligrosa?
-Más difícil porque se necesita que el toro esté perfectamente quieto y descubriendo el cerviguillo. Si "se le hace" a uno y el toro cae como partido por el rayo, la cosa resulta muy emocionante y espectacular. En las plazas de categoría no se puede hacer "la ballestina" en esta forma, porque el reglamento ordena que el toro se apuntille cuando está echado. También en el Rastro de Tacubaya he ejecutado varias veces "la ballestilla" para estar diestro por si se me presenta ocasión para ejecutar la suerte en alguna plaza de postín. Ya le digo, es muy arriesgado, por, a más de fallar se hace el ridículo y a lo peor hasta el matador le quita a uno la "chamba".
-Usted fue novillero ¿verdad?
-Si empecé a torear en el Rastro de Tacubaya. Por el año de 21 debuté como novillero en la placita "Merced Gómez" de Mixcoac. Tuve éxito, toreé bastante. En "El Toreo" me presenté en la corrida a beneficio de los Damnificados de Colima. No estuve mal, pero no me repitieron. Después me fui a la provincia y corrieron los años. Algo así, como ocho... y como viera que la suerte no me había ayudado para ver realizadas mis aspiraciones y las facultades venían a menos, dejé el estoque y la muleta y me incorporé a la cuadrilla bufa de "Frascuelillo" para hacer "El Bigotón". Pero aquello nunca me gustó. Prefería el toreo serio. Y como tenía facilidad para la puntilla, senté plaza como puntillero... y así, hasta la fecha.
-¿Es cierto que enseña y ayuda usted a varios muchachos que quieren hacerse toreros?
-No tengo por qué negarlo. Es cosa de afición ¿sabe usted? por-que eso no me quita de pobre. Ade-más, yo hago la cuenta de que si yo no pude ser, sí puedo ayudar y enseñar a algún o algunos muchachos que lo tienen todo para ser lo buenos toreros. Claro que no agradecen, pero yo no lo haga por eso. Nada más que encuentro satisfacción en hacerlo, por eso... por la afición que nunca se le acaba a uno y que parece aumentar a medida que pasan los años. Acaba uno por querer la fiesta como a su madre, como a su novia, aunque como las mujeres de repente de "el volteón". Pero ni modo, la sigue uno queriendo. Sólo así entiendo porque me emocioné tanto, pero tanto! cuando me hicieron dar dos vueltas al ruedo y salir a los medios. Poco más y me suelto a llorar a todo trapo... De verdad: qué linda, qué única, es nuestra fiesta de toros!
Semanario Multitudes. 5 de agosto de 1947.


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